Una reflexión sobre el 20 % que muchas veces separa a un joven de poder comprar una vivienda
Por Aniceto Campos Oliva
Desde hace muchos años trabajo en el sector inmobiliario y hay una situación que veo repetirse con demasiada frecuencia.
Jóvenes y parejas jóvenes que tienen trabajo, unos ingresos estables y capacidad suficiente para pagar una hipoteca encuentran una vivienda que pueden permitirse. El banco estudia la operación y también considera que pueden afrontar la cuota mensual.
Sin embargo, la compra no llega a realizarse.
¿Cuál es el problema?
En muchas ocasiones no es la capacidad para pagar la vivienda, sino el ahorro previo necesario para comprarla.
Pongamos un ejemplo muy sencillo.
Una pareja encuentra una vivienda por 150.000 euros. El banco considera viable la operación, pero financia el 80 % del precio: 120.000 euros.
Los compradores necesitan aportar los 30.000 euros restantes, además de afrontar los impuestos y gastos correspondientes a la adquisición.
Para una pareja joven que está empezando su vida laboral, ahorrar esa cantidad mientras paga un alquiler y atiende sus gastos cotidianos puede resultar muy difícil.
Y aquí nace mi reflexión:
¿Tiene sentido que alguien que puede pagar una hipoteca no pueda comprar una vivienda porque no ha conseguido ahorrar previamente ese 20 %?
Creo que merece la pena plantearlo.
En lugar de entregar dinero, facilitar el acceso a la financiación
Cuando hablamos de ayudar a los jóvenes a acceder a una vivienda solemos pensar inmediatamente en subvenciones.
Pero quizá deberíamos estudiar también otra posibilidad: utilizar las garantías públicas para facilitar la financiación a quien realmente tiene capacidad para devolverla.
No se trataría de regalar 20.000 o 30.000 euros a una persona para comprar una vivienda.
El comprador seguiría pagando íntegramente su hipoteca.
La finalidad de la garantía sería cubrir parte del riesgo que normalmente la entidad financiera no quiere asumir y permitir que una operación solvente pueda realizarse.
Y esta fórmula no es solamente una idea.
La Generalitat ya dispone de un sistema de garantías
En la Comunitat Valenciana existe un programa gestionado a través del Institut Valencià de Finances (IVF) destinado precisamente a facilitar el acceso a la primera vivienda mediante garantías públicas.
Esto demuestra que el concepto es posible y que las Administraciones ya están trabajando en esta dirección.
Por eso creo que debemos avanzar un poco más y preguntarnos:
¿Qué podemos hacer desde nuestros ayuntamientos?
No necesariamente tiene que ser el Ayuntamiento quien avale directamente cada hipoteca. Esta posibilidad tiene importantes condicionantes legales, presupuestarios y financieros que tendrían que ser estudiados previamente.
Pero un Ayuntamiento sí puede plantearse cómo facilitar, complementar y acercar a sus vecinos los mecanismos existentes, y estudiar fórmulas de colaboración con otras Administraciones y con las entidades financieras.
Imaginemos, por ejemplo, un:
Programa Municipal de Acceso a la Primera Vivienda
Un programa destinado a jóvenes que quieran adquirir su primera vivienda habitual y establecer o mantener su residencia en el municipio.
Podría estudiarse la colaboración entre:
Comprador + entidad financiera + Generalitat/IVF + Ayuntamiento.
La entidad financiera sería quien analizara la solvencia del comprador y determinara si realmente puede asumir la hipoteca.
Los sistemas públicos de garantía podrían facilitar el porcentaje de financiación que normalmente queda fuera de la hipoteca.
Y el Ayuntamiento podría estudiar medidas complementarias: información y asesoramiento para acceder a estas garantías, convenios con entidades financieras o cualquier otra fórmula que jurídicamente resulte viable.
El comprador también debe hacer su esfuerzo
Esta propuesta no pretende que la Administración asuma todos los costes de la compra de una vivienda.
El joven que quiera comprar debe haber realizado previamente un esfuerzo de ahorro y disponer de recursos propios suficientes para afrontar los impuestos correspondientes a la adquisición y los demás gastos de la operación, como notaría, Registro de la Propiedad y tasación.
Es decir, estamos hablando de ayudar a una persona que tiene trabajo, capacidad de pago y unos ahorros, pero que encuentra una barrera muy difícil de superar cuando, además de todos esos gastos, la entidad financiera le exige aportar aproximadamente otro 20 % del precio de la vivienda.
Volvamos al ejemplo de una vivienda de 150.000 euros.
Si el banco financia únicamente el 80 %, el joven tendría que aportar 30.000 euros del precio, y además disponer del dinero necesario para impuestos y gastos.
Mi reflexión se centra precisamente en esos 30.000 euros.
Si el comprador demuestra ante el banco que puede devolver responsablemente una hipoteca y dispone de sus propios recursos para hacer frente a impuestos y gastos, ¿podría una garantía pública permitir que la financiación alcanzara el 100 % del precio de la vivienda?
No estamos proponiendo comprar una vivienda sin dinero ni asumir riesgos que el comprador no pueda soportar.
Estamos hablando de facilitar el acceso a la financiación a quien ya ha demostrado capacidad económica y ha realizado previamente un esfuerzo de ahorro.
Conseguir que nuestros jóvenes puedan quedarse en nuestros pueblos
Para municipios como Montserrat, esta cuestión tiene además una importancia especial.
Ayudar a un joven a comprar su primera vivienda no beneficia únicamente a esa persona.
Significa facilitar que pueda desarrollar aquí su proyecto de vida.
Que continúe viviendo en nuestro municipio, que compre en nuestros comercios, que utilice nuestros servicios, que sus hijos puedan estudiar aquí y que contribuya durante muchos años a mantener la población y la actividad económica del pueblo.
Las políticas de acceso a la vivienda también pueden ser políticas contra la despoblación y a favor del futuro de nuestros municipios.
Una reflexión para estudiar y debatir
No pretendo presentar una solución milagrosa.
Naturalmente, cualquier programa tendría que establecer condiciones claras: primera vivienda, residencia habitual, límites de ingresos y precio, solvencia económica demostrada y mecanismos que impidan utilizar estas ayudas con fines especulativos.
Pero después de muchos años viendo operaciones inmobiliarias, sigo haciéndome una pregunta muy sencilla:
¿Por qué una persona que demuestra que puede pagar 600, 700 u 800 euros mensuales de hipoteca tiene que renunciar a comprar una vivienda únicamente porque todavía no ha podido ahorrar 30.000 euros?
Quizá debamos cambiar parcialmente nuestra manera de entender las ayudas.
No solamente dar dinero, sino utilizar los recursos públicos para facilitar oportunidades a quien puede asumir responsablemente el compromiso de comprar su vivienda.
Si conseguimos coordinar al comprador solvente, las entidades financieras, las garantías de la Generalitat y la colaboración de los ayuntamientos, podemos encontrar fórmulas que permitan a más jóvenes acceder a su primera vivienda.
Y, sobre todo, conseguir algo que considero fundamental:
Que un joven que puede pagar su vivienda no tenga que renunciar a comprarla simplemente porque todavía no ha conseguido ahorrar ese 20 %.
Es solamente una reflexión.
Pero creo que merece la pena estudiarla, debatirla y, si resulta viable, intentar llevarla a la práctica.
Aniceto Campos Oliva
Profesional del sector inmobiliario



